Último día de viaje por tierras rumanas, visitando por la mañana el Palacio de Mogosoaia, a las afueras de Bucarest, antes de tomar el avión de vuelta a Madrid a mediodía.
Palacio de Mogosoaia
Situado a unos 15 kilómetros de Bucarest, es una de las joyas arquitectónicas más destacadas de Rumanía. Fue construido entre 1698 y 1702 por el príncipe Constantin Brâncoveanu, y representa el mejor ejemplo del estilo brâncovenesc, una mezcla única de elementos renacentistas, otomanos y barrocos con detalles locales. Su ubicación, a orillas de un lago rodeado de jardines, lo convierte en un lugar lleno de encanto y tranquilidad:


A lo largo de los siglos, el palacio vivió momentos de esplendor y de decadencia. Tras la ejecución de Brâncoveanu por los otomanos en 1714, la propiedad pasó por varios dueños, sufriendo abandonos, saqueos y daños durante diferentes conflictos, incluida la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, fue restaurado en el siglo XX gracias a la princesa Martha Bibescu, quien lo convirtió en un centro cultural y de encuentro para intelectuales y diplomáticos europeos:

Hoy en día, el Palacio de Mogoșoaia funciona como un museo de arte brâncovenesc, albergando colecciones de iconos, tapices, esculturas, cerámicas y muebles antiguos. Además, sus salones y galerías destacan por la delicadeza de los detalles arquitectónicos, como las arcadas talladas y los balcones ornamentados.

El entorno natural, con el lago y los amplios jardines, completa la experiencia, ofreciendo un ambiente perfecto para pasear y disfrutar del paisaje:

El complejo no solo es un destino turístico, sino también un importante espacio cultural en Rumanía. En el palacio y sus jardines se celebran exposiciones, conciertos, festivales y eventos que mantienen vivo su legado histórico:

Dentro de los jardines del Palacio de Mogoșoaia, los visitantes pueden encontrar unas pintorescas casitas infantiles de madera y piedra, que parecen sacadas de un cuento de hadas. Estas pequeñas construcciones no son viviendas reales, sino espacios decorativos y lúdicos que atraen especialmente a los más pequeños. Con sus techos inclinados, paredes irregulares y un aire rústico, evocan la atmósfera mágica de los bosques encantados:







